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Angélica Liddell, Pablo Remón y Juan Mayorga entre lo mejor de 2018 según El Mundo

21.12.2018

Angélica Liddell, Pablo Remón y Juan Mayorga entre lo mejor de 2018 según El Mundo

Publicado en EL MUNDO

Las mejores obras de teatro de 2018: del canibalismo de Angélica Liddell a la eclosión de Pablo Remón

El regreso de Angélica LIddell ha marcado este año en la escena madrileña. Además, han triunfado Pablo Remón, con un prodigioso doblete, La Zaranda o Nao Albet o Marcèl Borràs

 

«Busco a alguien que me folle cuando muera mi madre». Ésta es la primera frase que Angélica Liddell pronunciaba en el escenario tras casi un lustro alejada de los teatros españoles. La bestia estaba de vuelta y con ella su verbo hiriente y abyecto, doloroso y arrollador. ¿Qué haré yo con esta espada?, la segunda parte de su Trilogía del infinito, supuso una catarsis para los espectadores de los madrileños Teatros del Canal.

Tras su triunfal estreno en el Festival de Avignon, por fin, se podía ver en España esta monumental pieza de cinco horas de duración en la que la ganadora del León de Oro en la Bienal de Venecia hilaba el crimen del escritor nipón Issei Sagawa, que en 1981 asesinó y se comió a la estudiante holandesa Renée Hartevelt, con la masacre yihadista de la sala Bataclan de 2015. Canibalismo, esperma y poesía. Un viaje al epicentro del horror en el que la Liddell oficiaba de suma sacerdotisa, vestida de lentejuelas doradas y ofreciendo su sexo sobre una metálica mesa de autopsias. «¿Por qué no soy tan bella para provocar la erección de un asesino?», se lamentaba.

Más allá de la pose de artista maldita, su regreso a nuestro país sirvió para confirmar a Liddell como la artista escénica española más fascinante de nuestro tiempo. No sólo es capaz de escribir las letras más insanas (cuando uno se enfrenta a sus montajes es mejor dejar a un lado cualquier juicio moral), sino que, con su apariencia de gorrión, las encarna con una cólera que desarma y, digámoslo ya, acojona. Su grito, «Por favor, sed míticos», aún resuena en la cabeza de los 1.600 espectadores que pudieron ver esta escalofriante pieza. Porque del teatro de Liddell no se sale indemne. «Os quejabais cuando hablaba solamente de amor, de Dios y de belleza (...) Tal vez lo que necesitáis es que os metan un puño enorme por el culo (...). No sabéis nada de vosotros mismos. Haría falta azotaros», gritaba.

Por si alguien tiene la tentación de creerlo, el espectáculo fue mucho más allá de un intento de épater le bourgeois. En estos años de exilio elegido, Liddell también se ha formado como una directora capaz de crear exquisitas imágenes, al más puro estilo Castellucci. Difícil olvidar a sus performers de una belleza prerrafaelita azotándose, masturbándose y bailando como si fueran guerreras de la belleza de Fabre. Cuánto la habíamos echado de menos.

Pero este regreso no debe eclipsar una magnífica cosecha. Entre lo estrenado en la cartelera madrileña en 2018, recordaremos este año como el de la eclosión de Pablo Remón. El tratamiento (Teatro Kamikaze) y Los mariachis (Teatros del Canal), dos artefactos con complejas estructuras dramáticas, diálogos para enmarcar y un personalísimo sentido del humor, le confirman como un autor mayor en nuestro teatro. Si en la primera borda un emocionante y vitalista relato sobre el arte de contar historias, en la segunda radiografía el lado más cutre (y humano) de la corrupción que asola nuestro país.

Pero más allá de estos veteranos, ha sido un año donde ha despuntado una nueva generación, donde han abundado los montajes que buscan nuevos lenguajes y caminos. En ese sentido, merece la pena recordar la irrupción de los gallegos Voadora Teatro y su lisérgica versión de El sueño de una noche de verano (Teatro Valle-Inclán), toda una rave teatral. Puede que Garage, su segunda tentativa en la capital, no estuviera a la altura, pero Marta Pazos, directora de la compañía, derrocha talento y frescura. Igual que Nao Albet y Marcel Borràs. Su Mammón (Teatros del Canal), una gamberrada metateatral con parada en Las Vegas, fue un soplo de aire fresco que nos entregó a la Irene Escolar más divertida (¿por qué no había explotado esa maravillosa vis cómica?) y a Ricardo Gómez en medias de rejilla. Si los Coen fueran catalanes, firmarían un montaje como éste.

Más cumbres: En un año marcado por el auge de los grandes musicales, Sergio Peris-Mencheta ha sido capaz de crear uno de autor y contar el capitalismo a ritmo de música negra y yiddish con la imprescindible Lehman trilogy (Teatros del Canal). Además, el dúo Luque/Bezerra volvió a dar lo mejor de sí con una ardiente Fedra (Teatro de La Latina) sin miedo a las consecuencias de su amor. Uno de los mejores (y más arriesgados) estrenos del Festival de Mérida en la era Cimarro. Pese a los prejuicios, Lolita, con esa verdad antigua que destila, resultó perfecta para darle la vuelta al mito. En plena forma, de Luque cabría citar otro éxito, Todas las noches de un día (Teatro Bellas Artes), un thriller poético con el inconfundible sello de Alberto Conejero.

En cuanto a grandes actuaciones, recordaremos 2018 por el Max Estrella de Juan Codina. En el montaje de Luces de Bohemia (Teatro María Guerrero) de Sanzol, el actor lo es todo. Imposible arrancar más registros de un personaje totémico al que ha redescubierto y despojado de toda solemnidad. Y, bueno, la Espert volvió a Lorca con El romancero gitano (Teatro de la Abadía), otro milagro. Y van...