Entrevista a Luz Pichel, María Salgado y Ángela Segovia sobre "Cativa en su lughar/Casa pechada". Por Marta G.ª Miranda ("Público")
Entrevista a Luz Pichel, María Salgado y Ángela Segovia sobre "Cativa en su lughar/Casa pechada". Por Marta G.ª Miranda ("Público")
Luz Pichel: "La postura política tiene que estar en la lengua que elige una poeta"
La Uña Rota reedita 'Cativa en su lughar/ Casa pechada', el libro con el que Luz Pichel reivindicó la naturaleza política de una lengua plebeya.
Marta García Miranda
"Puedes ver el vídeo de la presentación, aquello fue una locura, vino muchísima gente… Veníamos del 15M, casi todas habíamos pasado por la plaza y en ese vídeo, que es muy lindo, notas la energía que había. El libro de Luz nos unió. No es que se acabara la conflictividad, pero nos dio un norte porque parte de la poesía que estábamos buscando estaba en Latinoamérica, pero la que nos aglutinó fue la suya y todas esas preguntas que nos hacíamos estaban en Cativa en su lughar".
Quien habla es la poeta María Salgado y aquel vídeo recoge lo sucedido el 23 de enero de 2013. Luz Pichel presenta en Matadero, Madrid, su libro Cativa en su lughar/ Casa pechada, que acaba de publicar en Progresele, la editorial de Eva Chinchilla y Jorge Luis Morales. Micro en mano y en torno a una mesa, le explica al público que ha traído varios objetos para que la acompañen. Un palo de hierro, "que era la tranca que cerraba la casa por dentro y así ya no se tenía miedo a nada". Un caballito, "que es bello y he traído para hacer un homenaje a la belleza y a la amistad" porque Cativa en su lughar se ha construido, dice Luz, con ese material. Una vieja maleta de cartón que usó su madre en los años 50 en sus viajes de ida y vuelta de Venezuela, donde trabajó durante años cuidando a una niña que no era su hija. Y unas zoadeiras, artefactos caseros hechos de tablilla y cordel con los que jugaba de niña, de cativa, o la manera que tienen los niños de hacer versos en el aire, explica. Luz ha traído unas cuantas y se las va enseñando al público. Coge en sus manos una de madera y dice: "Esta es Casa pechada". Y luego, otra de plástico: !Esta, que es la que mejor suena y mira que es fea porque está hecha de un material rudo, es Cativa en su lughar".
Luz Pichel (Alén, Pontevedra, 1947) tiene 43 años cuando gana el Premio Ciudad de Santa Cruz de La Palma con su primer poemario, El pájaro mudo. 14 años después publica su segunda obra, La marca de los potros, también en castellano y galardonada con el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. En 2006 escribe Casa pechada, un libro de luto por la muerte de su padre en el que Pichel usa por primera vez el gallego como lengua poética y con el que gana el Premio Esquío, el gran galardón de poesía de las letras gallegas. Seis años después, sus editores le piden una edición bilingüe de Casa pechada, en gallego y castellano, pero Luz se da cuenta de que no es posible traducir al castellano aquel libro repleto de imágenes y símbolos de la Galicia rural. Es entonces cuando aparece el castrapo, una lengua pobre, de mala calidad, una lengua de frontera usada por quienes buscan hacerse entender.
“Yo tomé Casa pechada como punto de partida para escribir Cativa en su lughar, pero después hice lo que me vino en gana porque utilicé el castrapo como lengua y el castrapo es una lengua para hacer lo que a uno le viene en gana. No tiene norma ninguna y consiste en que no sabes hablar castellano y te las arreglas como puedes. Es una lengua para la invención. ¿Por qué? Porque la usa el campesino, por ejemplo, cuando quiere hablar castellano para recibir bien a la gente o porque le parece que hablar en castellano brilla más. La usa, pero no sabe. Y como no sabe, inventa la palabra. Coge una palabra del gallego y la transforma. Las lenguas de frontera permiten que uno pueda inventar lo que quiera con la ventaja de hacerlo a partir de dos lenguas, el gallego y el castellano”, dice Luz Pichel.
Doce años después de su publicación y de aquella presentación con un palo, un caballito, una maleta y unas cuantas zoadeiras, La Uña Rota, casa editorial de Luz Pichel desde 2017, reedita Cativa en su lughar/ Casa pechada. Carlos Rod, su editor, cree que para la poeta era esencial que este libro, descatalogado desde hace años, se pudiera volver a leer y sostiene, además, que es una obra fundamental en su trayectoria: "Es el libro en el que ella se encontró a sí misma como poeta y supone un antes y un después en su obra porque deja de escribir como escribía para entrar en un territorio vedado, que era el castrapo".
En aquella presentación de 2013, Pichel dijo que aquel fue un libro difícil. Doce años después, en una conversación con este diario, lo sigue pensando, pero el placer ocupa más espacio.
¿Por qué fue difícil?
Fue difícil pensarlo como un libro que voy a tener que enseñar a la gente y que se va a leer en Galicia. A mí eso me daba terror, pero la escritura fue muy feliz para mí. Fue difícil encontrar la forma de la traducción de ese libro, del gallego al castellano, porque no era posible, no era nada sencillo. Casa pechada está escrito a la muerte de mi padre, con mucha simbología propia del campo y, aunque no es un libro costumbrista ni de temática rural, traducir ese mundo al castellano me resultaba absolutamente antinatural. Un adival es una cuerda larguísima que se utiliza para atar un carro de heno, pero ¿qué es eso en castellano? No tengo ni idea. ¿El mundo rural castellano se parece en algo al mundo rural gallego? No podía hacer eso, no podía traducirlo. Entonces aparece el castrapo. Yo lo había estado investigando un poquito antes y no me lo tomaba muy en serio, pero entendí después que esa era la lengua que me permitía traducirlo porque es el castellano de Galicia, de algunos gallegos, es el lenguaje de mi padre y el mío cuando era pequeña. Cuando descubrí eso, todo fue placer y puro juego porque me di cuenta de que estaba en un terreno absolutamente libre. Yo utilizo el castrapo, pero la poesía es artificio y podía hacer poesía con más libertad de la que ya tiene, y los poemas se agrandan, crecen, se desbarran, hacen lo que les da la gana.
¿Qué vínculo tiene con este libro? ¿Cómo lo lee hoy?
Desde un punto de vista afectivo, es mi libro favorito, el que me dio más, el que me abrió más campos, es el único que vuelvo a leer para seguir aprendiendo y en el que todavía descubro cosas.
¿Quién es esa cativa en su lughar?
Casa pechada se traduce como casa cerrada, pero cativa en su lughar significa otra cosa, es un juego. Significa cautiva, pero por otra parte es pequeña o niña, y también es mala, de mala calidad. Que llegaran 14 niños a una familia era algo malo, los niños dan mucha guerra, los niños son malos. Cativa es una niña que puedo ser yo y que está presa en la memoria de una casa familiar en la que está atrapada, y es también la niña que vuelve a ese lugar. Pero además es algo que no es de buena calidad, y ahí aludo a la lengua. Y a la gente de allí. Me identifico con las personas de baja calidad, entre comillas, la gente de las aldeas, el mundo rural, los paletos. Es, sobre todo, una toma de posición. Estoy con los que hablan así. Y Cativa fue un libro que me cambió, que me abrió un mundo.
¿Cuál?
El que te da haber visto claro que una postura política tiene que estar ahí, en la lengua que elige una poeta. Es importantísimo. No es lo mismo escribir como Garcilaso de la Vega hoy que escribir con la lengua de Vallecas. Y cuando eso lo asumes corporalmente, cuando lo integras en tu vida, tu manera de estar en la poesía es otra. Siempre he utilizado una lengua pobre y ha sido deliberado, pero con Cativa en su lughar hay una conciencia mucho más clara.
¿Descubrir que es una poeta que ocupa un lugar político le sienta bien?
Me sienta muy bien interiormente, aunque entonces me da mucho miedo enfrentarme a cómo se va a ver eso desde fuera, en Galicia, porque existía mucho prejuicio contra el castrapo. Pero lo que no me daba miedo es que me pusieran la etiqueta de poeta política. Es más, creo que eso honra a cualquier poeta. Y creo que mi relación con Euraca y su admiración por este libro viene de ahí, precisamente, porque Euraca está ahí, en la importancia de la lengua como algo transformador.
Una lengua plebeya que ataca al poder
"Yo siento que el castrapo ataca al poder porque se rebela, porque se posiciona con los de abajo, con los que siempre han sido tratado como paletos, como brutos", dice Luz Pichel en ese video de aquel 23 de enero de 2013, cuando abre al público la conversación sobre Cativa en su lugar y reivindica la naturaleza transformadora y política de una lengua plebeya. Arropando a Luz Pichel, muchos jóvenes que a finales de 2012, tras las acampadas del 15M, crean el Seminario Euraca, "un grupo de gente que piensa junta y de manera horizontal sobre cuestiones del presente y del lenguaje, leyendo poesía, un colectivo que organiza programas de estudios abiertos y públicos en una onda muy quincemayista en la que cualquiera puede hablar y pensar, pero se traen los materiales leídos".
Así lo define María Salgado (Madrid, 1984), investigadora y poeta, autora de Ready, Hacía un ruido. Frases para un film político o Salitre. Salgado lidera la fundación de Euraca junto a Patricia Esteban. Pichel formará parte del colectivo desde el principio y por allí pasarán (y pasan) muchas y muchos poetas sin generación. Entre ellas, Ángela Segovia (Las Navas del Marqués, Ávila, 1987), autora de Mi paese salvaje o Las vitalidades. En 2017 fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven por su libro La curva se volvió barricada y dice: "Mi generación son Luz Pichel y María Salgado".
¿Qué hace posible que poetas mucho más jóvenes compartan con Luz Pichel una misma edad o generación poética?
Ángela Segovia. Ese momento era uno de los más intensos de mi participación en el seminario Euraca, estábamos las tres inmersas en un proceso de pensamiento colectivo y creo que ese tipo de uniones, de relaciones y de diálogos son, quizás, lo que de verdad puede marcar una generación, más que la edad. Eso estaba sucediendo con María y Luz y me salió directamente, no tuve ni que pensarlo. Pero las tres nos reímos mucho con esa frase porque también hay una cosa un poco jerárquica y muy masculina en esto de las generaciones.
María Salgado. Yo diría que el mismo problema de las generaciones que tenía Luz lo teníamos nosotras. Yo la conocí con 16 o 17 años, en San Sebastián de los Reyes, en un centro de poesía en cuyo grupo de poetas jóvenes había gente de 80 años. Fue un flechazo. A las dos nos gustaba Luisa Castro y nos habían marcado Los versos del eunuco, y cuando empezamos a ir a los espacios poéticos de Madrid la gente pensaba que ella era mi madre porque no se entendía que fuéramos juntas a todo, pero siempre lo he vivido con Luz, ella siempre estuvo ahí y supongo que teníamos, mi generación y la de Ángela, la sensibilidad para leer a Luz como una más de nosotras.
AS. Yo llegué a Madrid con 18 años y por una casualidad extrañísima acabé en el centro de poesía José Hierro de Getafe. Allí fue donde mostré mis primeros poemas, donde me animaron a que los presentara a un premio… Yo también conozco a Luz antes de Euraca y para mí ya era una referencia. De hecho, ella estuvo en el jurado del Premio de Poesía Joven Félix Grande que gané en 2009 y después de eso, María, que estaba en los talleres que hacían Luz y Guadalupe Grande en Alcobendas, me la presentó en Tabacalera. Ahí fue cuando la conocí y conectamos al momento. Yo ya había leído a María, que me voló la cabeza, y empecé a leer a Luz. Mi entrada en el mundo de la poesía fue ese y, claro, cuando llegué a Euraca viví de una forma muy orgánica toda esa fuerza con la que trabajaba Luz, que estaba en el epicentro de todas las discusiones que se estaban produciendo en el seminario.
MS. Euraca empezó el 8 de noviembre de 2012. Es verdad que al principio fue un llamamiento y vino muchísima gente que se conocía puntualmente de la plaza, el 15M, de la política, el arte… Había muy poca gente de la poesía y las que estábamos ya éramos un núcleo desde antes: Ángela, Patricia, Luz, yo... Lo bonito del principio de Euraca es que había muchísima conflictividad en la discusión y cuando aparece Cativa en su lugar, Patri y yo lo programamos porque las preguntas de Euraca eran las preguntas de Cativa. Lo que hizo el libro fue articularnos, por eso la poesía de Luz siempre ha sido como el talismán de Euraca, ha sido el polo imantador. Supongo que eso también lo daba el hecho de que Luz fuera mayor porque había algo de que ella estaba dentro, pero nos podía mirar desde fuera, había como un respeto, y desde luego fue lo que articuló Euraca.
¿Qué preguntas se hace Cativa que también se hace Euraca?
MS. Una principal era poner en tensión la norma lingüística y la lengua alta. Esa es la misma pregunta que se hace Euraca: ¿por qué la poesía tiene que ser en la lengua nacional? Pero no desde un punto de vista que reivindique otra nacionalidad, sino una apertura de la lengua en la poesía que, además, pone cierta intención en la plebe o en la clase porque el habla más viva está pasando fuera de lo estándar o lo establecido. Eso en la tradición poética latinoamericana del siglo XX ya es central, muchísimas escrituras tienden a un habla inventada no representacional, pero entenderla como algo vivo y algo valioso per se es algo que no ha pasado tanto en España. Y Cativa transgredía con el gallego, transgredía con el castellano, pensaba figuras en los lados, como la niña, la cativa, que era una figura menor y sin voz, una mirada que era claramente feminista como también lo era Euraca. Creo que la pregunta compartida es la pregunta por la lengua y la pregunta por contarse, por contar otras voces, pero no otras voces definidas, sino otras que se cuentan en esa lengua que aparece.
AS. Compartimos las preguntas sobre las relaciones entre autoridad y lengua, entre clase y lengua, entre jerarquías culturales y la fuerza que la poesía puede insuflarle a todas esas áreas de la vida. Y toda esa importancia que tiene Cativa en el aspecto político de la lengua de romper la jerarquía entre lenguas ricas y lenguas pobres, entre lenguas permitidas y no permitidas. Y hay algo en la obra de Luz que a mí me parece muy importante y es que toda esa fuerza política estaba también impulsada por una fuerza estética, van juntas, y a mí eso me parece brutal.
Más allá de lo colectivo, ¿qué influencia han tenido Cativa en su lughar y la poesía de Luz Pichel en vuestra propia obra?
AS. Creo que ha habido una conexión en nuestra forma de abordar los temas desde un lugar tierno, de fijarnos en voces ingenuas y trabajar a partir de esa mirada, con su violencia y su dureza, desde una ingenuidad salvaje y audaz. Yo creo que verlo y reconocerlo en Luz, después de haberme apartado un poco de ese camino, me reconcilió con esa idea de mis primeros poemas, me hizo aceptarlo y valorarlo de una forma que quizás antes no había hecho.
MS. A mí me influyó mucho, y es curioso porque la forma de Luz y la mía no se parecen en cuanto a decisiones formales o estilo. Hay algo en la valentía de Luz tanto para lo transgresor como para lo tierno, en la alegría de Cativa y en esa especie de fe y de valentía en hacer lo tuyo. Eso está en la poesía de Luz, pero especialmente en este libro. Cuando el deseo no se para y haces lo que tienes que hacer y no lo que está dado, porque una artista y una poeta es quien hace lo suyo hasta el final. Ver eso, para una poeta joven como era yo entonces, fue muy importante.

