Carlos Bueno Vera. La intemperie, por Gema Monlleó. Sobre "Una serpiente cruza un sendero" (en la Revista Détour)
Carlos Bueno Vera. La intemperie, por Gema Monlleó. Sobre "Una serpiente cruza un sendero" (en la Revista Détour)
Una serpiente cruza un sendero, de Carlos Bueno Vera (La uña rota) por Gema Monlleó

“¿qué extraña alquimia ocurre en la palabra cuanto ésta llega, como posándose, sobre el poema?”
Yo, que amo la poesía, siento en los dominios del verbo de los poetas la ilusión de las posibilidades, la piedra que se acantila para dejar llegar la luz al fondo de la caverna, allá donde aquellos que nos precedieron intersecaron conocimiento y sentidos (“Cuando deje de ser niño, se volverá mortal”).
Yo, que confundo las leyes, encuentro en los preceptos poéticos los cimientos de las grandes verdades, las inscripciones de la sala de las estatuas que guían y explican y reconfortan (“Toda confesión afirma que amamos la luz, ya / provenga del fuego, del hierro o de la nada”).
Yo, adulta y niña, siempre a la espera de los milagros de ida y vuelta, rastreo en metáforas las edades de la existencia, el reverso de las sombras de los árboles, la estela de los ángeles de la esperanza (“No marchó hacia su origen sino que persiguió su sentido”).
Y, a veces, entre lecturas y desencuentros, un poemario me arrebata y, a medida que paso páginas, siento que sus versos se convierten en un ancla contra los mercaderes de los templos, un paréntesis de vida y deleite y pausa y ritual, un abanico de pluralidades como refugio y antorcha y respuesta (“palpamos / solos la incredulidad (¿quién eres tú?)”.
Leo Una serpiente cruza un sendero y una conversación elíptica se inicia con Carlos Bueno Vera (Madrid, 1984), su autor (“sentimos que ingresamos en la espesura de la existencia / con la corona puesta”). La espesura es doble, es la real y es la poética, es la de las rutinas cotidianas y es la que da paso a la palabra, es la que pesa en un hoy tórrido y la que ofrece la absolución de ese mismo instante. Leo, intuyo la pirotecnia feliz de una escritura al margen de la banalidad, me adentro en las historias de la historia (“sólo es legible una parte”), en el “tránsito entre las edades”, en el hechizo de una simbología desconocida que construye poemas que se elevan desde un vértigo inverso (“leve tan leve / que eleve”).
Entre máscaras y herbarios, los archivos (“la historia como registro / un camino para ir terminando”), las muescas de los ayeres y las anécdotas (“aquello que servía para nombrar posiciones y provisiones”), el registro y los ecos, cuando la oscuridad se confunde con la invisibilidad y la invisibilidad amaga los hilos de lo sagrado. Porque hay sacralidad (a veces impía) en estas páginas, hay sacralidad en el orden que Bueno Vera propone (“mientras se ve a la noche comer de nuevo de las ramas caídas y de las cáscaras turbias”), hay sacralidad en las teorías y las elegías y los fundamentos, hay sacralidad en el trampantojo de los mitos: el bocado de Proust, los vigilantes kafkianos que se querellan contra el Estado, la “muer-te-pu-ta” no nombrada que Oliverio(1) ofrece en su corazón palpitante (“sólo ciegos podríamos ir allá a donde vamos”).
Ley, sacralidad y código (“todo es código y el código es destino”). Vestigios, rumores, pecios, estelas, regueros. Fragmentos que anotan el ser del futuro (“la noche recuerda: ¿quién recibe el canto?”), llámese infancia o vejez, esclavitud o nostalgia (“qué exageración la de los sedientos”). Porque el poeta ordena y nombra, porque el poeta regala existencias y ábsides y jardines (“se fundaron junto al agua, los ojos”), porque el poeta se sabe lúcido y en la medida de los tiempos avanza el goce y el fracaso y la profética razón de ser y de no ser y de saber cuándo ser, cuándo borrarse (“un recuerdo circula por el espíritu”) y cuándo incendiar los espejismos para devenir cuerpo en cenizas (“mera escritura que arde”).
Y en este “nosotros y no ellos”, comunión poeta-poema-lector, preparados para la “belleza arrolladora de una avalancha”, los poemas como un apócrifo evangelio del funcionamiento del mundo, el código civil de la palabra, el inventario de reglas que regula la fe, el miedo, el laurel y las sanciones. Y San Antonio, o San Abad Moisés el Negro, o Shakespeare sentenciando “Siéntate en tu celda y tu celda te lo enseñará todo”, y lo escrito partiendo el mar en dos (“el rumor de la tierra al moverse”), y los dedos explorando el braille non natus de las páginas al intuir (sin leer) en el relieve labrado “Nel mezzo del cammin di nostra vita. mi ritrovai per una selva oscura”. ¿El infierno del poeta? (“pensó que / solo / había dejado / de existir”). ¿La hendidura mitológica de los sabios precedentes? (“caminan cargados de un sueño nocturno, como discípulos del agua”).
Bueno Vera, como el(su) náufrago, provocando baile, vibración y danza con la suma de (sus) poemas sublevados, desde el reverso de las preguntas, de las tumbas, de las cacerías y de “las melancolías propias de las esferas”. Bueno Vera, expirando su propio “Licht! Mehr Licht!”(2) en el artificio de un fin con coda, una coda metapoética, existencial sobre/con el lenguaje y el texto y los versos y el poema (“descendamos a la palabra / allí donde queda opaca”). Una coda que reafirma el yo del autor, barthesiano, pre mortem (“ver la cascada / y agradecer / la ventana”), el yo en tránsito analítico, el yo digresivo entre el significado y la estética del significante (“poema-texto-nota”), el yo que consagra objetivos poéticos y retornos etéreos y eternos, el yo en el último remolino de las arenas movedizas de la palabra (“hay algo que no puede resolver el lenguaje ni nada”).
Y el diálogo elíptico se torna interpelación cuando el autor me(nos) nombra, cuando su omnisciencia apunta al lector (página 119) para resituarme(nos), cuando la voluntad intuida es ahora manifiesta y la dádiva de la “última gran metáfora”, milagrosa y polisémica, es una exégesis como un salón de espejos de feria (“me veía de lejos / mirar de cerca”), la (re)interpretación de todas las intenciones geométricas que, al igual que los interludios entre bloques de poemas, traza una constelación de perfección numérica a modo de fábula y juego de pistas y encriptación.
Los buenos poetas ofrecen grietas, resquicios, quiebres. Una serpiente cruza un sendero es la madriguera del conejo de Alicia: el lugar de las posibilidades, el ensayo de las paradojas, una alquímica, galvánica y tintineante universidad desconocida.
“porque amamos
pese a todo
la antigüedad de la humanidad”
(1) El lado oscuro del corazón, Eliseo Subiela, 1992.
(2) ”¡Luz, más luz!” las últimas palabras que Johan Wolfgang van Goethe pronunció antes de morir

