La uÑa RoTa edita la correspondencia mantenida entre dos pesos pesados del siglo XX, Marcel Proust y Jacques Rivière

23.01.2018

La uÑa RoTa edita la correspondencia mantenida entre dos pesos pesados del siglo XX, Marcel Proust y Jacques Rivière

Publicado en OcultaLit

Paula López Montero, OcultLit

El género epistolario está en desuso, poco o nada queda del acto de escribir aquellas entusiastas cartas que viajaban durante días, atravesando montañas, países, continentes esperando ser leídas, apostando por una interlocución donde el espacio y el tiempo aún tenían sentido. La apuesta por la era tecnológica y virtual ha traído consigo una correspondencia instantánea donde se generan conversaciones más livianas y superficiales, donde el plano reflexivo y esperanzador intrínseco a la correspondencia, al encuentro con el otro, ahora es más que nunca olvidado, y si me apuras, ninguneado. Pero esto ya lo sabéis.

Muchos de los grandes autores que se nos pueden venir rápidamente a la mente bien se iniciaron con este género o bien lo compartieron. Desde muy pronto el género epistolario entró de lleno a formar parte de la literatura (conocidas son las epístolas de San Pablo, etc, integradas en el Nuevo Testamento), pero no tuvo un mayor desarrollo hasta la entrada del siglo XVIII (donde destacan obras como Cartas Marruecas de José Cadalso, Julia o la nueva Eloísade Rousseau, o Las desventuras del joven Werther de Goethe). No obstante fue en la entrada del XIX y el XX donde la recopilación de estas cartas en forma de libro de muchos de los escritores que estuvieron en auge tiene lugar e interés y nos ponen encima de la mesa un plano nuevo para el pueblo, el de la interpretación. Esas cartas ya no eran ficción, sino un impulso del autor detrás de su obra que sin intención de ver la luz, el nuevo movimiento editorial encuentra interesante y donde propone al lector la interpretación de las obras de ficción también en función de la biografía o sentimientos de los propios autores. Esta voz del yo, empieza a ser entonces a ser ensalzada.

La epístola, las cartas en su envío se abre ante el vacío, ante la posibilidad de interpretar los espacios en blanco, las ausencias o las propuestas de texto y lenguaje. De repente la vida de un autor se compone de pedazos de un puzle que a través de toda su escritura se ha de recomponer para poder llegar a los entresijos, a su significado último. Como si de un movimiento interpretativo teológico se tratase. He aquí el gran interés de los lectores de epístolas, amantes de la vida como escritura, del orden y de un plano causal de las cosas: no podían entender la literatura sin un porqué.

La uÑa rOta edita por segunda vez este género con, ni más ni menos que, la correspondencia mantenida entre dos pesos pesados del siglo XX y sin los cuales probablemente no habría habido un despliegue lector tan entusiasta del género literario en el siglo XX. Son Marcel Proust y Jacques Rivière. En esta correspondencia se pueden leer muchas cosas, quizá algo del trasfondo de ambos autores, pero lo que de lleno me interesa a mi es la reflexión sobre el tiempo, el tiempo en la obra de Marcel Proust, o la concepción del tiempo en la Europa del XX que cala profundamente entre estas páginas.

Para quien no lo sepa, Rivière fue un importante editor del siglo XX, de la revista francesa NRF. Juan de Sola gracias a su prólogo y a su impecable traducción nos acerca a los pasos previos a la correspondencia mantenida, donde falta la primera carta escrita por Rivière a Proust y que puede ser alentadora para un lector entusiasta que desee jugar al movimiento detectivesco. Lo interesante es que a Proust nadie parecía que le quisiera editar. Aquella obra larga, densa, compuesta de varios tomos que obligaba a un despliegue editorial quizá hasta la fecha poco común. Proust parecía hasta rogar que le editaran la obra, incluso él haciéndose cargo de los gastos de publicación. Aún así ni la NRF, en un primer momento, ni editores en boga como Fasquelle u Ollendorf quisieron editar la que es considerada como una de las obras más importantes del siglo XX. Nadie confiaba en su obra y trabajo hasta que llegó Jacques Rivière, editor por entonces de la NRF, quien sedujo al consejo editor para rápidamente no desperdiciar la oportunidad que se les había puesto delante. Es así como la NRF a través de Rivière, quien luego fuera su director, escribió una carta urgente a Proust intentando convencerle de que les cediera los derechos. Esa carta no se conserva por lo que esta Correspondencia editada se inicia con una carta de agradecimiento de Marcel Proust a Jacques Rivière en la que dice: «Señor: ¡Al fin encuentro un lector que intuye que mi libro es una obra dogmática y una construcción!»; y en la que continúa: «En este primer volumen ha visto usted el placer que me depara la sensación de la madalena mojada en el té, yo digo que dejo de sentirme mortal, etc., y que no entiendo por qué. Pues bien, no lo explicaré hasta el final del tercer volumen. Todo está construido de este modo».

En palabras de Juan de Sola: «los movimientos de Proust y Rivière son un testimonio de enorme valor de cómo funcionaba –y sigue funcionando hoy, en muchos aspectos– el mundo literario a principios del siglo XX: los favores, las enemistades, las estrategias de legitimación; la generosidad personal al margen de la obra, la concepción de los textos, los encargos, las prisas, los chismes y lo que se cuece en los mentideros; los retoques y las servidumbres a las que obliga la materialidad del texto (…)».

Una edición en la que se pueden entender muchas cosas del universo de Proust y de la estima que ambos amigos se profesaban así como los ensayos que el mismo Rivière escribió para explicar la obra de su camarada: «Y es que Marcel Proust, como pretendemos y nos gustaría mucho poder demostrar un día de éstos, está en la vanguardia de aquellos que vienen a devolvernos la vida. Tal vez sin haberse esforzado en ello de un modo consciente, renueva todos los métodos de la novela psicológica, reorganiza sobre un nuevo plano este estudio del corazón humano en el que siempre destacó nuestro genio, pero que el romanticismo, incluso entre nosotros, había atenuado, relajado, oscurecido». Rivière nos regala párrafos de un preciosismo inigualable para acceder a la obra de Proust: «Es evidente que el autor no ha hecho más que ceder a la monstruosidad de su memoria. No se ha contenido lo más mínimo. No ha buscado, no ha forjado en modo alguno una nueva técnica. Y, sin embargo, lo que nos proporciona es una técnica nueva, una nueva literatura. Sacude cien veces más profundamente nuestro hábitos y nuestras concepciones literarias que los más atrevidos entre los “cubistas”. Y de un modo cien veces más profundo».

No dejéis de leer las propuestas de esta editorial independiente, que con gran acierto y atisbo apuestan por escritores actuales cuyo calado aún está por llegar pero de los que no cabe, bajo mi punto de vista, ya ninguna duda (como el caso del reciente Premio Nacional de Poesía otorgado a La curva se volvió barricada de Ángela Segovia), y que nos trae libros tan excelentes como el de Melville, Cartas a Hawthorne y esta Correspondencia 1914-1922.